
Él vino… y no te imaginas cuánto deseé que fueras tú.
Tocó el timbre y entró con una botella de vino… y yo sólo podía desear brindar contigo.
Comenzó a sonreir y a contarme su día, sus problemas, sus triunfos… y yo era incapaz de escuchar, prefería preguntarme cómo habría estado tu día, si estarias bien y si querías contármelo recostado en mis piernas.
Su mano en mi cintura me sacó de todos los pensamientos que iban volando a tu alrededor. Y sentí cómo quería acercarse y besar mi espalda. Pero yo sólo recordaba como besabas la mia.
“¿En qué estás pensando?” preguntó.
“En nada… ” respondí.
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