23 abril 2008

Mi compromiso


compromisos… todos los días hay al menos uno.
Y cada cual tiene sus características propias: está el ligero en el que no te exiges nada más que estar allí unos segundos… Regalas una mirada insinuante, te acercas, das un beso y te vas.
No hay tiempo para detenerse, ni contarse las historias de infancia, a veces ni siquiera hay ganas de darse el número de teléfono. Para qué???

Hay otro nivel un poquito más alto en donde quizás te permitas dar un abrazo, un beso, sexo, hacer una llamada al día siguiente y si todo camina más allá, hablar de un amor pasado que te dejó destruida.
Este nivel te hace pensar que te sientes bien pero quieres esperar a ver qué pasa…
No te entregas pero estás dispuesto. Repito, si ves que la cosa marcha bien.

Pero hay uno, un tipo especial de compromiso que realmente te toca el alma.

Sabes desde el principio que has llegado a casa. Sabes que estás en un espacio donde vale la pena buscar profundidad, cerrar los ojos y echar raíces.
Sientes que puedes pasar toda la noche en una conversación y nunca aburrirte. Que su voz es todo lo que necesitas para mantenerte atenta… y feliz.
Te importa el bienestar y el futuro. Empeñas tu palabra y no te atreves a decepcionar, porque sería como decepcionarte a tí mismo.
En un paseo distraído por las nubes, te imaginas que ambos adornan juntos el arbolito de navidad y hasta se manchan de pintura en una casa que los refugia a los dos.
Este compromiso se extiende hasta curar un ataque de migraña, a levantarse de madrugada a buscarle porque llega de viaje, a apartar un poco las ambiciones personales para crecer en conjunto y más aún, a arriesgar la vida si eso significa que el otro esté bien.
No sé si son cosas mías, pero siento que la gente actualmente está mucho menos dispuesta a involucrarse de esta forma. El acercamiento ligero pareciera ser la regla.
Yo, tonta ilusionada, sigo soñando con un nivel de compromiso que me demande hasta el aire, que me haga involucrarme hasta las entrañas.
Mejor lo dicen las palabras sabias que escuché hace poco:
“No debe valer la pena… debe valer la vida”.


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