02 agosto 2010

Colateral

Hace ya algún tiempo, decidí dejar que un arrebato de adrenalina me llevara por los caminos del mundo y le diera una sacudida a mi vida.Era como romper un ciclo de monotonía y ponerle un poco de sal a mi vida.
Aquello fue en el 2008 cuando comencé a realizar un proceso de limpieza interna. Las razones eran bastante razonables: recuperar autoestima, volver a confiar, aprender a estar sola y sobre todo, darse un baño de gran ciudad como sólo es posible en las calles de Madrid.
Generalmente, cuando decido algo, suelo ser metódica y previsiva. “Necesito un tiempo de descanso, de sentirme en paz conmigo misma y a partir del momento en que deje de gotearme la nariz, me dedicaré a repartir besos y a conocer camas ajenas, sin meter jamás al corazón en la ecuación” – me decía a mí misma, convencida siempre de que la planificación se hacía en base a eso: el descanso, la paz, la adrenalina…
Y así fue, durante un tiempo no me importaba regar besos por el mundo y levantarme con la conciencia tranquila, ya no me interesaba la dulzura de “la mañana siguiente”, o peor aún, me daba igual en muchas ocasiones si llamó o no llamó.
No fue difícil, siempre había alguien alrededor. Siempre alguien dispuesto, siempre alguien diferente.
Lo que nunca tuve la previsión de anotar es que todo esto me iba a traer también otras sorpresas a nivel personal. En mi lista de “pendientes” nunca planifiqué que alguien iba a acercarse en un bar mientras tomaba un café para hablarme de amor. Tampoco estaba previsto que alguien me secara una lagrima y que desde entonces se quedara incrustado en mi cabeza, aún a bastantes kilómetros de distancia, y aunque haya pasado el tiempo.
No pensé que alguien más, se iba a enamorar de mí con toda esta tontería de darme todo igual y yo tendría que pasar el mal trago de rechazarlo. Alguien con quien (y viéndolo ahora desde fuera, antes ni me había percatado) no me porte nada bien…
No pensé en que iba a hacer más fuertes los lazos con un grupo de amigas, con las que podía contar para cualquier cosa, que saben ahora muchas de mis intimidades y que son bienvenidas en mi corazón para siempre.
No, realmente fui una cabeza hueca, cuando dije a la ligera “Necesito estar en paz conmigo misma”, sin pensar en los daños colaterales que trae un desarraigo, por breve que sea.
Aprendí, sí. Aumenté mi autoestima, también, le pulse la vida a Madrid, por supuesto! Pero… ¿qué pasa cuando el corazón no estaba metido en la lista pero también vivió ese tiempo al máximo? ¿Qué pasa cuando las circunstancias no pudieron ser, pero una parte de ti, se ha quedó estancada en esa lagrima y no pretende desligarse?
¿Qué estaba pensando yo? Que iba a pulsarle la vida a Madrid, a reír, a pasar de todo… ¿sin vivir?

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